jueves, 25 de mayo de 2017

Excerpto: Prólogo - Renegades (Renegados) - Marissa Meyer [Español]


Titulo: Renegades
Autor: Marissa Meyer
Editorial: Feiwel & Friends
Páginas: 416
Formato: Pasta dura

Fecha de publicación: 7 de noviembre de 2017 (En Estados Unidos)

Sinopsis

Identidades secretas.

Poderes extraordinarios.

Ella quiere venganza, él quiere justicia.

Los Renegados son un sindicato de prodigios, humanos con habilidades extraordinarias, quienes emergieron de las ruinas de una sociedad desmoronada y establecieron paz y orden donde reinaba el caos.

Como campeones de justicia, continúan como un símbolo de esperanza y coraje para todos... excepto los villanos que alguna vez derrocaron.

Nova tiene una razón para odiar a los Renegados, y está en una misión para vengarse. Mientras más se acerca a su objetivo, conoce a Adrian, un chico Renegado que cree en la justicia, y en Nova, pero la lealtad de Nova está con un villano que tiene el poder para terminarlos a ambos.


Prólogo

Nova había estado recogiendo jeringas del callejón detrás del apartamento durante semanas. Sabía que sus padres se las quitarían si se enteraban, así que las había escondido en una vieja caja de zapatos, junto con un surtido de tornillos, cremalleras, alambres de cobre, bolas de algodón y cualquier otra cosa que pensara pudiese usar para sus inventos. A los casi siete años de edad ya se había dado cuenta de lo importante que era ser ingenioso y ahorrativo. Después de todo, no podía exactamente hacer una lista y enviar a su papá a la tienda para conseguir suministros.


Las jeringas serían útiles, lo sabía desde el principio.

Ató un fino tubo de plástico al extremo de una y metió el extremo opuesto del tubo en un vaso de agua que había llenado en el lavabo del baño. Ella levantó el émbolo, introduciendo agua en el tubo. Sacando la lengua por la brecha donde se le había caido recientemente su primer diente, agarró una segunda jeringa y la colocó en el extremo opuesto del tubo, luego sacó de su caja de herramientas una tira de alambre lo suficientemente largo para asegurarlo a la polea que había construido en la parte superior de su casa de muñecas.

Había tomado todo el día, pero finalmente estaba lista para probarlo.

Metió algunos de los muebles de la casa de muñecas que su papá había fabricado en la plataforma del ascensor, tomó la jeringa y presionó el émbolo. El agua se movió a través del tubo, extendiendo el segundo émbolo hacia arriba, y poniendo en marcha la complicada serie de poleas.

El ascensor se elevó.

Nova sonrió. −Elevador hidráulico. Éxito.

Un grito de la habitación de al lado interrumpió el momento, seguido por la arrulladora voz de su madre. Nova miró hacia la puerta cerrada de su dormitorio. Se habían quedado sin leche la noche anterior y Evie había estado muy quisquillosa todo el día. Se suponía que el tío Alec traería más, pero aún podían faltar algunas horas.

Cuando Nova oyó que su padre preguntaba si el tío Alec pensaba que podría encontrar leche fresca para el bebé, ella había considerado pedir más gomitas con sabor a fruta que le había dado en su cumpleaños el año pasado, o tal vez un paquete de baterías recargables.

Podría hacer mucho con baterías recargables.

Pero Papá debió de ver la petición que se estaba desarrollando en sus ojos, y le había dirigido una mirada que la silenció. Nova no estaba segura de lo que significaba. El tío Alec siempre había sido bueno con ellos, llevándoles comida y ropa y a veces incluso juguetes de su botín semanal, pero sus padres no querían pedir nada especial, sin importar cuánto lo necesitaban. Cuando había algo específico, tenían que ir a los mercados y ofrecer intercambios, por lo general con los bienes fabricados que su padre hizo.

La última vez que papá había ido a los mercados, había regresado con una bolsa de pañales reutilizables para Evie y un corte profundo por encima de su ceja. Su mamá lo cosió. Nova observó, fascinada al ver que era exactamente igual a cómo su madre cosía a Dolly Bear cuando sus costuras se habían abierto.

Nova volvió al sistema hidráulico. El ascensor estaba simplemente tímido de estar al nivel del segundo piso de la casa de muñecas. Si pudiera aumentar la capacidad de la jeringa o hacer algunos ajustes en el sistema de palanca ...

Pero el llanto continuaba. Las tablas del suelo chirriaban ahora mientras sus padres se turnaban tratando de consolar a Evie, paseando de un lado a otro por el apartamento.

Los vecinos empezarían a quejarse pronto.

Suspirando, Nova dejó la jeringa y se puso de pie.

Papá sostenía a Evie en la sala, meciéndola de arriba a abajo y cantando una de sus pícaras canciones inventadas, pero probablemente no podía oírlas por encima de sus lamentos. A través de la puerta de entrada a de su pequeña cocina, Nova vio a su mamá buscando por los gabinetes, murmurando sobre la extraviada fórmula del bebé, aunque todos sabían que no había ninguna.
       ¿Quieres que te ayude?, − Dijo Nova.

Papá se volvió hacia ella, con la angustia oscureciendo sus ojos. Evie gritó más fuerte cuando se olvidó de mecerla durante dos segundos enteros.

−Lo siento, Nova, − dijo, volviendo a moverla. −No es justo pedirte que lo hagas... pero si ella pudiera dormir durante una o dos horas más, Alec debería estar aquí para entonces.

−No me molesta, −  dijo Nova, acercándose al bebé. −Es fácil.

Papá frunció el ceño. A veces Nova pensaba que no le gustaba su don, aunque no sabía por qué. Todo lo que había hecho era hacer el apartamento más tranquilo.

Se agachó y colocó a Evie en los brazos de Nova, asegurándose de que su agarre estuviera seguro. Evie se estaba poniendo tan pesada, nada parecido a la pequeñita que había sido hace un año. Ahora tenía los muslos rechonchos y brazos agitados. En cualquiera de estos días estará caminando, es lo que sus padres decían.

Nova se sentó en el colchón de sus padres, en el rincón de la habitación, y acarició sus dedos a través de los rizos suaves de Evie. Evie se había vuelto un mano de nervios, con lágrimas reales y todo.

Nova puso cómodas a ambas, hundiéndose en las mantas y las almohadas arrojadas, y colocó su pulgar contra la mejilla de su hermana, limpiando una de las cálidas lágrimas. Dejó que su poder la rodeara, un pulso fácil y suave.

El llanto cesó.

Los ojos de Evie se agitaron, sus párpados se hicieron más pesados, su boca se abrió en un bostezo.

Justo así, se durmió.

Nova miró hacia arriba para ver los hombros de su padre hundirse de alivio. Mamá apareció en la puerta, sorprendida y curiosa, hasta que vio a Nova con el bebé acurrucado contra ella.

−Esta es mi favorita − le susurró Nova. −Cuando ella es suave y cariñosa y ... tranquila.

Mamá le sonrió. −Hay días en los que no sé qué haríamos sin ti, Nova.

−Encontrar otro lugar para vivir, − murmuró su padre. −Charlie ha corrido a la gente por menos que un bebé llorando.

Mamá sacudió la cabeza. −No se arriesgaría a enojar a su hermano de esa manera.

−No lo sé. − Papá frunció el ceño. –Ya no sé lo que alguien haría o no haría. Además... no quiero estar en deuda con Alec más de lo que ya estamos.

Mamá se volvió a la cocina para empezar a guardar las latas y cajas que había esparcido por el linóleo, mientras que Papá se hundía en una silla en la única mesa del apartamento. Nova lo observó mientras masajeaba su sien por un momento, antes de cuadrar los hombros y empezar a trabajar en algún nuevo proyecto. Nova no estaba segura de lo que estaba haciendo, pero le encantaba verlo trabajar. Su don era mucho más interesante que el suyo, la forma en que podía sacar hilos de energía del aire, doblándolos y esculpiéndolos como filigranas doradas.

Era hermoso verlo. Hipnotizando, incluso, mientras las tiras resplandecientes emergían de la nada, haciendo que el aire del apartamento zumbara, luego lentamente se calmaba y oscurecía cuando su padre los dejaba endurecerse en algo tangible y real.

− ¿Qué estás haciendo, papá?

Él la miró y luego se inclinó. −No se lo digas a tu mamá, − susurró. −Voy a hacer un brazalete para su cumpleaños la próxima semana. − Se puso aún más tranquilo cuando añadió: −Ella me castigará por gastar energía en algo tan tonto, pero luego lo usará todos los días, te lo aseguro.

Él le guiñó un ojo, secretivo y astuto, y Nova le devolvió el guiño, porque esa era su tradición. Pero algo la estaba carcomiendo y no pasó mucho tiempo antes de que arrugara la frente.

−Papá, ¿por qué no pedimos ayuda a los Renegados?

Un producto de energía de cobre escupió y se desintegró en el aire. Su padre la vio con una mirada penetrante. − ¿Qué?

−Nunca tenemos suficiente comida, o suficiente leche para Evie, y tú y mamá siempre están hablando de dónde vamos a vivir... − Empezó a desviarse cuando la expresión de su padre se tensó, pero luego siguió avanzando. −Pero quizás los Renegados puedan ayudarnos. Están ayudando a todos últimamente. La Sra. Ogilvie dice que un Renegado persiguió a un ladrón que trató de tomar su bolso, y oí a mamá hablando de un grupo de Renegados que irrumpieron en un almacén y tomaron toda la comida para darla a-

−Es suficiente, Nova. 

Ella parpadeó, inconscientemente acercando a Evie.

− Nunca debes hablar de ellos así. Nunca debes... − Él inhaló bruscamente. −No debes hablar de ellos.

− ¿Por qué no? Son superhéroes, ¿no? Son los buenos. Si supieran que necesitamos-

−Escúchame, Nova. − Él dejó el brazalete y se volvió hacia ella. –Sólo son personas e incluso ellos no pueden resolver todos los problemas de la sociedad. Este mundo ya es demasiado dependiente de ellos, ¿entiendes? Y nosotros, nuestra familia, no podemos confiar en ellos para nada. ¿De acuerdo?

Ella tragó saliva.

− ¿De acuerdo, Nova? − dijo con más severidad ahora.

Ella asintió y se acurrucó más profundamente en las almohadas. Encontró los dedos rechonchos de Evie y empezó a contar sin pensarlo cada nudillo, mientras recordaba todas las historias que había oído. Los Renegados sacando a un conductor de un camión de entrega volteado.  Los Renegados rompiendo una pelea de armas en un distrito comercial cercano. Los Renegados rescatando a un niño que había caído en la Bahía de Woodrow.

Siempre estaban ayudando, siempre apareciendo en el momento justo. Eso es lo que hacían.

Tal vez, pensó, mientras su padre se volvía a su trabajo, tal vez estaban esperando el momento adecuado para entrar y ayudarlos también.

Su mirada se quedó en las manos de su padre. Viéndolas moldear, esculpir, tirar más hilos de energía del aire ...

Los propios párpados de Nova empezaron a caer.

Una puerta se cerró de golpe.

Nova despertó con un susto. Evie resopló y se volvió hacia su lado. Aturdida y desorientada, Nova se sentó y sacudió el brazo, que se había quedado dormido bajo la cabeza de Evie. Las sombras de la habitación habían cambiado. Había voces bajas en el pasillo. Papá, sonando tenso. Su madre, murmurando, por favor, por favor...

Se apartó de la manta que le cubría mientras dormía y la acomodó alrededor de Evie, luego pasó junto a la mesa donde se hallaba abandonada una delicada pulsera de color cobre. Cuando llegó a la puerta principal, giró la perilla con la mayor lentitud y cuidado posible, abriendo la puerta lo suficiente para poder mirar hacia el oscuro pasillo.


Un hombre estaba de pie en el rellano, con barbilla de rastrojo y el cabello claro en una elegante cola. Llevaba una chaqueta pesada, aunque no hacía frío afuera.

Estaba sosteniendo una pistola.

Su mirada indiferente se dirigió brevemente hacia Nova y ella retrocedió, pero su atención volvió a su padre como si ni siquiera la hubiera visto.

−Es un malentendido, − dijo Papá. Se había puesto entre el hombre y la madre de Nova. −Déjame hablar con él. Estoy seguro de que puedo explicar...

−No han habido malentendidos, − dijo el hombre. Su voz era baja y fría. −Has traicionado su confianza, Sr. Artino. A él no le gusta eso.

−Por favor, − dijo su madre. −Las niñas están aquí. Por favor, ten piedad.

Él inclinó la cabeza, sólo ligeramente, sus ojos se movían entre ellos.

El miedo se endureció en el estómago de Nova.

−Déjame hablar con él,− repitió papá. −No hemos hecho nada. Soy leal, lo juro. Siempre lo he sido. Y mi familia... por favor, no le hagas daño a mi familia.

Hubo un momento en el que parecía que el hombre iba a sonreír, pero luego pasó. −Mis órdenes eran bastante claras. No es mi trabajo hacer preguntas... o tener misericordia.

Su padre dio un paso atrás. –Llévate a las niñas. Vete.

Su madre se dirigió inmediatamente hacia la puerta.

Apenas había dado un paso cuando el desconocido levantó el brazo.

Un disparo.

Nova jadeó. La sangre se arqueó a través de la puerta, unas gotas se esparcieron por su frente. Ella miró, incapaz de moverse mientras su padre gritaba y agarraba a su esposa. La volvió en sus brazos. Estaba temblando. Su mamá estaba jadeando y ahogándose.

−No sobrevivientes −dijo el hombre en voz baja y tranquila. −Esas fueron mis órdenes, señor Artino. Sólo tú tienes la culpa de esto.

El padre de Nova la vio al otro lado de la puerta. Sus ojos se abrieron, llenos de pánico. "Nova. Co-

Otro disparo.

Esta vez Nova gritó. Su padre se desplomó sobre el cuerpo de su madre, tan cerca que podría haber extendido la mano y tocarlos a ambos.

Se dio la vuelta y tropezó en el apartamento, pasó la cocina y entró en su dormitorio. Cerró de golpe la puerta, abrió de golpe su armario, subió por encima de los libros, las herramientas y las cajas que cubrían el suelo, pensando demasiado tarde pensando que debió haber ido a por la escalera de incendios. Demasiado tarde.

Cerró la puerta y se agachó en la esquina, jadeando para respirar, la visión de sus padres ardía en sus pensamientos cada vez que cerraba los ojos.

Oyó la puerta principal.

Pisadas lentas y pesadas. Un piso rechinante.

Nova estaba temblando tanto que se preocupó de que el ruido de sus huesos ruidosos la delatara. Aunque también sabía que no importaba.

Era un apartamento pequeño y no había ningún lugar a donde correr.

−Los Renegados vendrán, −susurró, su voz era poco más que un soplo en la oscuridad. Las palabras le llegaron sin querer a la cabeza, pero estaban allí de todos modos. Algo sólido. Algo a que aferrarse.

Bang. La sangre de su madre en la puerta.

Ella gimió. −Los Renegados vendrán...

Una verdad, inspirada por innumerables noticias oídas en la televisión. Una certeza, remendada de las palabras de los vecinos chismosos.

Siempre venían.

Bang. El cuerpo de su padre en el vestíbulo.

Nova presionó su sien contra la pared y cerró los ojos con fuerza mientras las lágrimas comenzaban a derramarse por sus mejillas. −Los Renegados... los Renegados vendrán.

El grito estridente de Evie comenzó en la sala principal.

Los ojos de Nova se abrieron de golpe.

Había dejado a Evie fuera.

Había dejado a Evie.

Un sollozo arañó el interior de su garganta, y ya no podía decir las palabras en voz alta.

Por favor, por favor, haz que vengan...

Un tercer disparo.

El aire quedó atrapado en los pulmones de Nova.

Su mundo se quedó quieto. Su mente se quedó en blanco.

Se hundió en el desorden en el fondo del armario.

Evie había dejado de llorar.

Evie se había detenido.

Distante, oyó al hombre moverse por el apartamento, revisando los armarios y detrás de las puertas. Lento. Metódico.

Cuando la encontró, Nova había dejado de temblar. Ya no podía sentir nada. No podía pensar. Las palabras todavía resonaban en su cabeza, habiendo perdido todo sentido.

Los Renegados... los Renegados vendrán...

Sumergida en las luces rígidas de su dormitorio, Nova levantó sus ojos. El hombre se paró sobre ella. Había sangre en su camisa. Más tarde, recordaría cómo no había habido arrepentimiento, ninguna disculpa, ningún remordimiento.

Nada en absoluto cuando levantó la pistola.

El metal se apretaba contra su frente, donde la sangre de su madre se había enfriado.

Nova levantó la mano y agarró su muñeca, liberando su poder con más fuerza de la que había tenido jamás.

La mandíbula del hombre se aflojó. Sus ojos se embotaron y se enrollaron en su cabeza. Cayó hacia atrás, aterrizando con un sonido resonante en el piso de su dormitorio, aplastando su casa de muñecas bajo su peso. Todo el edificio parecía sacudirse por su caída.

Segundos después, una respiración profunda y tranquila llenó el apartamento.

Los pulmones de Nova se contrajeron de nuevo. El aire se movía por su garganta, estremeciéndose. Dentro y fuera.

Se obligó a ponerse de pie y recoger el arma. El mango estaba caliente. Ella deslizó el dedo sobre el gatillo, aunque se sentía incómodo y pesado en su mano.

Ella dio un paso más cerca, una mano agarró el marco de la puerta mientras salía del santuario del armario. No estaba segura de dónde debía apuntar. Su cabeza. Su pecho. Su estómago.

Ella decidió en su corazón. Estaba tan cerca de él que podía sentir su camisa rozando los dedos de sus pies descalzos.

Bang. Su madre estaba muerta.

Bang. Su padre.

Bang. Evie…

Los Renegados no habían venido.

Ellos nunca iban a venir.

−Tira del gatillo,− susurró en el cuarto vacío. −Tira del gatillo, Nova.

Pero no lo hizo.

No podía.

Minutos, tal vez horas más tarde, su tío la encontró. Ella seguía de pie sobre la durmiente figura del extraño, pidiéndose tirar del gatillo. Escuchaba esos disparos una y otra vez cada vez que se atrevía a cerrar los ojos.

− ¿Nova? − Una bolsa de plástico cayó al suelo, incluido un cartón de leche. Nova se sobresaltó y le dio la pistola.

El tío Alec ni siquiera se estremeció mientras se agachaba ante ella. Estaba vestido como siempre, el uniforme negro y dorado, sus oscuros ojos apenas visibles a través del casco de cobre que enmascaraba la mayor parte de su rostro. −Nova... Tus padres... Tu hermana... − Miró hacia abajo y buscó el arma. Nova no se resistió mientras él se la quitaba. Su atención se volvió hacia el hombre. −Siempre pensé que serías uno de nosotros, pero tu padre no me dijo qué era lo que podías hacer...

Volvió a encontrarse con los ojos de Nova. Piedad y, quizá, admiración.

Con esa mirada, Nova se desmoronó, arrojándose en sus brazos. −Tío Alec− gimió, sollozando en su pecho. −Él los mató... él... él mató...

Él la levantó, acunándola contra su pecho. −Lo sé, − murmuró en su cabello. −Lo sé, dulce y peligrosa niña. Pero estás a salvo ahora. Yo te protegeré.

Apenas lo oyó por el ruido en su cabeza. El tumulto que presionaba contra el interior de su cráneo. Bang Bang Bang.

−Pero ya no me puedes llamar Alec, no ahí fuera. ¿Está bien, pequeño monstruo? − Le acarició el cabello. La empuñadura del arma golpeó su oreja. −Para el resto del mundo, soy Ace. ¿Tú entiendes? Tío Ace.

Pero ella no estaba escuchando. Y tal vez él lo sabía.

En medio de su llanto, la apretó con fuerza, apuntó el arma al hombre dormido y disparó.


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